lunes, 23 de enero de 2012

Un desmayo y la anestesia general ( o la elipsis por fundido a negro o por corte directo)

Una vez me desmayé.
Fue en el Luna Park. Yo tenía una mochila verde con trece libros adentro porque por esos días estaba preparando un final, uno de los últimos de la carrera.
Estaba parada bastante cerca del escenario, esperando que de una vez por todas empezara a tocar Franz Ferdinand. Empecé a sentir calor. Empecé a transpirar, un sudor frío que me caía por la espalda. Tenía las manos húmedas y temblorosas. Sentí la palidez. Sentí que se me aflojaban las piernas. Me agaché para ver si se me pasaba y me volví a levantar. Estaba con mi novio de ese momento y con una amiga. Los ojos se me empezaron a cerrar, se apagaron las luces porque empezaba el recital y lo úlitmo que escuché fue a mi novio diciendo "Agarrala que se cae". Abrí los ojos cuando sentí el vientio frío de la vereda del Luna Park. Vomité lo poco que había comido en el día. Me perdí los primeros temas.
Quedé muy angustiada ese y los días siguientes, no por el desmayo en sí sino por la sensación de haber perdido completamente unos minutos de mi vida: no sé qué pasó desde que escuché el "Agarrala que se  cae" hasta que abrí los ojos en la vereda. No sé cómo llegué hasta ahí ni sé qué pasó en mi cabeza en esos minutos. Perderse un pedazo de tiempo es rarísimo. Lo rememoro y me da escalofríos.
Cuando tuve que hacerme ese estudio con anestesia general lo único que me daba miedo era, justamente, la anestesia general. Trataban de tranquilizarme diciendo que era una boludez (que lo era), diciendo que era divertido (que no lo era). La enfermera era una señora cincuentona rubia teñida de pelo corto. Me dijo que me sacara todo y yo, incrédula, iba preguntándole: "¿Las medias también?", "¿El corpiño?", "¿La bombacha?". Las dos primeras veces me respondió con moderada amabilidad y después empezó a contestarme con un seco "Todo" a cada pregunta que yo hacía. Me acosté en la camilla con una cofia que se me caía y esperé al camillero, un muchachote bastante bruto que chocó mi camilla con todas las paredes que se le cruzaron. No recuerdo exactamente cuándo me despedí de mi novio, pero sé que tenerlo ahí era lo único que me daba tranquilidad.
En el quirófano el médico me explicó todo lo que iba a hacerme y yo pensé que hubiera preferido no saberlo. Me preguntó si tenía miedo y le dije que sí. Me dijo que no pasaba nada. La anestesista era una señora regordeta con pelo corto colorado que me dijo que iba a "Suministrarme una tranquila anestesia", que iba a sentir un pinchacito, un poco de mareo y nada más.
Me preguntó varias veces si estaba mareada y yo siempre le decía que no hasta que empecé a sentir algo muy parecido a una leve borrachera y ahí sí, le dije que estaba un poquito mareda. Y lo repetí: "Un poquito", como para que no pensara que con lo que me había dado era suficiente.

"Un poquito".

Abrí los ojos y estaba en una sala que no era la sala donde había entrado antes. La enfermera que estaba conmigo me dijo algo pero no la escuché, o no la recuerdo, o fue tan insignificante que no me importó. Entró Juan, me dio un beso, o me abrazó, o las dos cosas. Yo me dormía y me despertaba. Ahí vino lo peor: un dolor en la parte baja del abdomen que me hizo retorcer, como si tuviera cuatro o cinco enanos saltando en mi panza y revolviendo todo, moviendo todo, cambiando de lugar los órganos para estar más cómodos. Dolor dolor y más dolor. Después de media hora me dijeron que ya estaba, que podía irme. Ese día dormí una siesta de seis horas.

Me habían dicho que la anestesia general era como un fundido a negro, que se me iban a ir apagando las cosas. Yo lo pensé como un desmayo, pero la anestesia general no es un fundido. Es un corte seco, de una escena a otra, una elipsis violenta, es no saber cuánto tiempo pasó entre una cosa y la otra, es decir "Un poquito" y abrir los ojos y estar en otro lado.