domingo, 25 de diciembre de 2011

El invencible

Walter es el borracho del lado de Ramos donde viven mis viejos. Lo conocemos todos y para todos siempre interpretó ese papel específico del barrio. Nunca se le conoció algún trabajo, nunca se le conocieron novias ni familia ni casa. Walter era simplemente parte del paisaje de la plaza donde pasé casi toda mi adolescencia. A veces estaba con un perro medio oloroso, que venía corriendo y se tiraba con nosotras, que tomábamos sol y mate indistintamente; y esperábamos que llegara el grupo de pibes que nos copaba. El perro era cariñoso y Walter no. Walter era inofensivo. A veces venía y charlaba o trataba de charlar y nosotras lo escuchábamos porque la plaza venía con Walter y si no querías a Walter tenías que irte a otra plaza. Walter era un ciruja de esos que nunca jamás pueden hacerte nada malo y que, por el contrario, te dan la seguridad de que nunca nada malo puede pasarte si él está alrededor.

Hoy a la mañana me lo crucé a Walter. Yo estaba con papá en el auto mientras mamá estaba en el super comprando cervezas. Walter estaba en la puerta del super con una botella de quilmes recién abierta. Estaba afeitado y vestía un traje azul marino con una corbata celeste y unos zapatos negros. Estaba todo prolijo pero nada era estéticamente lindo. Porque no importa lo que se ponga, Walter siempre será un pordiosero: a Walter no le combinan los trajes.

En el cuello tenía dos nunchaku, uno de madera y uno de ¿hierro?. Charlaba con un señor que tenía un pantalón celeste cortado por debajo de las rodillas y andaba en una bicicleta rosa con cuadro de mujer. Papá y yo los mirábamos atentos pero ninguno de los dos decía nada. "¿Sabés cómo lucha éste?" dijo papá. Y después se extendió un poco, me contó que a veces no puede pararse de lo borracho que está y a veces está muy bien. Pero que los nunchaku los maneja como si fueran extensiones de sus manos. Y después me dijo "Trabaja acá, está de seguridad".

Walter estaba sentado sobre dos cajones de botellas de cerveza y empinaba la suya y era cantado que en diez minutos no le quedaba más. Clavaba la mirada en el piso y parecía que se estaba quedando dormido pero enseguida levantaba la cabeza y volvía a tomar un trago. Miraba para una esquina y para la otra y después de nuevo al piso y después de nuevo un trago. Vi que tenía un cartelito enganchado del bolsillo del saco. Enfoqué para ver: Walter Bruce Lee, decía.

Walter Bruce Lee.