viernes, 16 de septiembre de 2011

La última y me voy a comer más relleno de empanadas

La mayoría de las cosas que tengo las tengo de épocas en las que me costaba mucho comprar algo, y eran épocas en las que costaba comprar porque no había plata para nada. Cada cosa que tengo (bueno, no voy a pecar de exagerada, aunque está en mi naturaleza: la mayoría de las cosas que tengo) tienen una historia detrás y puedo contar cómo llegué a juntar la plata para cada una de ellas y cuándo las compré y quién me acompañó y puedo relatar historias fantásticas que pasé mientras usaba la remera fucsia con un gato plateado o todo lo que bicicleteé con la bici roja que me compré después de ahorrar durante todo un año, todos los días, un peso.

Un minuto más tarde

Le tomo muchísimo cariño a las cosas. Me cuesta desprenderme de ellas y sufro cada vez que me toca hacer limpieza general porque nunca quiero tirar nada. Me gusta tener cosas, cuido mis cosas, mis cosas son especiales, y supongo que por eso no ando necesitando todo el tiempo cosas nuevas: las mias son tan lindas y las quiero tanto que nunca encuentro motivo suficiente para deshacerme de ellas y cambiarlas por otras nuevas.

Estoy escribiendo para no comer el relleno de las empanadas

Algo que me da mucha paja es gastar dinero en cosas que no me resultan indispensables aunque no estaría mal tenerlas. Podría parecer avaricia, pero yo sé que no lo es:  me arreglo con poco. Necesito poco.

Ahora que trabajo en casa sufro bastante de los dolores de espalda producidos por una silla recontra pedorra y por una postura que deja muchísimo que desear. Hace algunos meses decidí comprarme una silla para la computadora, de esas todas acolchonadas, con apoyabrazos y apoyacabezas y, fundamental, que pudiera subir y bajar para jugar, horas, a subir y bajar como una pelotudita de cuatro años y, otra vez fundamental, que fuera giratoria, para jugar horas, etc. Cuando finalmente tuve la plata disponible me puse a buscar la silla perfecta y me di cuenta que todas las sillas para computadora parecen sillas de oficina y mi casa es demasiado linda como para arruinarla con una de esas. Y además, porque mientras buscaba, me puse a pensar si realmente quería comprar una silla de computadora y decidí que no. Y no por la plata o por el modelo. No la compré porque me di cuenta de que, en realidad, no necesito ninguna silla, que con la mia está bien y que lo de la postura lo iremos viendo con el correr del tiempo.

Tengo una sartén. La hizo mi papá cuando era jovencito y está curtidísima y todas, pero todas las comidas, me salen exquisitas. Hace algunos meses la sartén sufrió un accidente y se quedó sin mango. Tiene un pequeñito fierro que le sobresale y me las ingenié para acomodar el trapo rejilla de manera tal de agarrarla con fuerza y no quemarme en el intento. Pensé en comprarme una nueva, pero no, no la necesito, con ésta estoy bárbara y mis comidas siguen saliendo igual de deliciosas. Aparte cada vez cocino menos porque mi novio es de esos que cocinan y cocinan y cocinan.

Y así con todo. No compro no porque no tenga la plata sino porque siento que no necesito cosas. Cuando compro, compro con una alegría inmensa porque sé que lo que estoy comprando es lo que realmente quiero y necesito. No compro al pedo. No me gusta la gente que compra cosas al pedo. No tengo caprichitos consumistas. Y me encanta no tenerlos.

Cosas que hago aunque no debería

-Comer el relleno de las empanadas mientras espero que se enfríe.
-Bajar películas de minitas y obligar a mi novio a que las vea conmigo.
-(viene del ítem anterior): Tener el tupé de preguntarle por qué no le gustó la película que acabamos de ver si es toda tierna y recontra chuchi.
-Comer crema y brócoli, dos alimentos que me encantan con todo el alma pero me hacen daño.