domingo, 21 de agosto de 2011

Lo único que quiero

Es ropa con estampados de animalitos.

Igual los muebles se arruinaron

Las imágenes que tenía de las dos inundaciones que habíamos pasado en la primer casa eran las de una pileta inmensa con agua sucia y restos de cosas hundiéndose o saliendo a una superficie que no existía, porque el agua llegaba al techo y el techo no conformaba ninguna superficie donde se pudiera respirar. Había muebles rotos, pedazos de madera de una silla, una frazada mojada que flotaba. Nadaba, mejor dicho. Nosotros no estábamos, quiero decir que no nos veíamos o yo no los veía ni tampoco me veía a mi misma, como si ese fuera un territorio solitario, el fondo de un mar tercermundista donde sólo había basura, y las maderas, y la frazada. Nosotros estábamos pero nosotros no nos veíamos. Las imágenes que tenía de las dos inundaciones eran apocalítpicas, y sin embargo nunca me preguntaba cómo habíamos sobrevidido a semejante tragedia. Creo que para esa época tragedia, sobrevivir o apocalipsis eran cosas -conceptos- que desconocía. Después crecí. Me di cuenta que todos los muebles tenían una marca, una línea que los recorría: las patas de mesas y sillas, el sillón del living, el modular. Un quiebre, una línea divisoria que transformaba los uniformes muebles en muebles bicolores: las patas tenían un tono más claro que el respaldo de la silla y el sillón tenía una franja más oscura, casi negra, sobre su base. Sería, no sé, ¿a treinta centímetros del piso?