miércoles, 17 de agosto de 2011

Eso también es un cliché

Es, por supuesto, un cliché: dejé de creer en Dios el día que, sentada en el escritorio de mi viejo cuarto, le pedí que por favor no le haya pasado a mi hermana, y al final a mi hermana sí le había pasado. O sea: no es que le había pasado una cosita, le había pasado la muerte. Tremenda traición divina es irreparable. Ese día dejé de creer a pesar de haber seguido diciendo que creía y a pesar de haber rezado después de la muerte para que todo esté bien con el resto de mi familia y a pesar de haberme sentado a rezarle a la virgen durante varios días después del entierro para pedir que el alma de mi hermana descansara en paz. Lo miro retrospectivamente, ahora que asumí que aquel día dejé de creer, y veo que la obra de teatro en la que estaba metida era casi inverosímil, pero qué bien actuaba en ese momento.

Que en un entierro alguien llore a los gritos y otros miren al cielo y otros permanezcan quietos, que el sol raje la tierra a pesar de ser casi invierno y que todos te digan que seguramente está en un lugar hermoso, o que está preparando todo el cielo para nuestra llegada, o que decenas de chicos estén parados con una flor en la mano despidiendo a quien hasta la semana anterior había sido su profesora. Todo eso también es un cliché.

Saber que hoy no va a haber torta de cumpleaños porque desde el 2004 mi hermana no cumple más años o que no va a haber sorpresas ni desayunos en la cama ni regalos ni deseos ni velitas apagadas ni que los cumplas feliz. Desearle feliz cumpleaños donde quiera que estés, eso también es un cliché.

Que el día esté así, tan gris y oscuro, con una lluvia que amenaza pero nunca se desata, y que yo esté así, tan gris y oscura, con mi tormenta que también amenaza pero se queda ahí, contenida, bueno, eso también es un cliché.

Lo que sucede es lo siguiente: qué carajo haríamos si no tuviéramos todas estas mierdas de cliché.