sábado, 9 de julio de 2011

Vieja mechera

Debo haber sido la presa más fácil que se haya cruzado en toda su vida. La cola para pagar las cuentas, esa cola larguísima que me estaba consumiendo una hora de mi preciada mañana, sumado al relajo que tenía post pilates, me había convertido en un ente que pensaba en cualquier cosa (especialmente en el desayuno que estaba demorando, en el jugo de naranjas y el café calentito y las tostadas un poco quemadas). Yo sé que estaba colgada de una palmera, mirando todos los artículos de las góndolas de esas farmacias que parecen un parque de diversiones para adultos. Sé que estaba concentrada en comparar los precios de veinticinco jabones diferentes, que estaba haciendo cuentas mentales mirando al techo de la farmacia y pensando que por primera vez estaba haciendo la cola para pagar las cuentas sin tener ninguna cuenta a punto de vencer. Y sé que debo haber sido la presa má fácil de todas porque usted, señora, hizo contacto visual conmigo y me charló del día precioso que hacía afuera y del poco frío que hacía a comparación de la semana anterior. Debo haber parecido la personita más estúpida de toda la cola, con mi cuadernito Rivadavia y la billetera sobre él, personita tan fácil de distraer, niña inocente que jamás pensaría que una señora chiquita como usted podría llevarse toda mi plata y todos mis documentos sin que yo me diera cuenta. Qué fácil fui. Qué suerte tuvo.

Me pareció brutal, ésto tengo que confesarlo, la manera en que decidió gastar todo el dinero que tenía la billetera que le robó a su facilísima presa. Un camión de embutidos, unos buenos frascos de conserva, unos ricos panes caseros, un salamín picado fino o un pedazo de salchichón. Señora, que usted se haya llevado mi billetera me partió al medio la economía mensual y al mismo tiempo puso en funcionamiento una cadena de bondad que atravesó Almagro, llegó a Ramos Mejía y regresó a Almagro donde finalmente recuperé todos mis documentos y los papelitos tontos que guardo desde que tengo veinte años y uso esa billetera que es tan gastada, tan fea, tan vergonzosa. Usted salió de la farmacia y me empujó un poco y ni siquiera se paró a pedirme perdón. Y en el momento me resultó raro porque estaba llegando su lugar para pagar y usted se iba, y yo no entendía, pero la rareza de su comportamiento me resultó así por unos segundos, después seguí concentrada en el precio de los jabones.

Cuando llegué a mi casa, me parece fundamental que sepa esto, lloré como una nena de dos años y grité por el departamento que no puedo ser tan idiota, tan colgada, tan confiada, que no puedo andar por la vida pensando que todas las personas son buenas y que nadie en el mundo haría algo para dañar al otro. Y quiero que sepa que esa sensación me duró toda la tarde y un poco de la noche, hasta que me llamó mi cuñada con la voz ronca por una gripe que la está matando y me dijo que una señora de una fiambrería, la fiambrería que está al lado de la farmacia, había encontrado mi billetera con los documentos, y que había revisado para saber cómo podía contactarme y que lo único que había encontrado era el carnet de un video club de Ramos al que no voy desde el 2003, y se había arriesgado a llamar rogando que quien la atendiera se copara y le pasara algún dato mio, algún teléfono donde encontrarme, y que el hippie del video club había llamado a mi mamá y atendió mi cuñada y mi cuñada me llamó a mi y la cadena de la bondad se cerró a la perfección y por eso yo caminé dos cuadras y me reecontré con mis cosas.

Le repito, señora, que mientras caminaba a la fiambrería lo único que pensé fue que usted, en ese preciso instante, se estaba organizando la picada de su vida, que había invitado a la familia, a los amigos y los vecinos, que iban a disfrutar de los mejores embutidos y los mejores panes las mejores conservas. Y ojalá, esto se lo digo con el corazón, haya disfrutado ese momento como el mejor momento de su vida. Que todo mi mal humor y mis malabares para llegar a fin de mes se hayan convertido en el mejor banquete de su triste y lastimosa vida.