sábado, 18 de junio de 2011

Afuera está lloviendo una barbaridad

La tormenta empieza tímida pero apenas escucho esas primeras gotas apago las luces de mi casa y cierro la computadora porque me gusta ver la lluvia desde mi ventana. Las luces de afuera recién están prendiéndose y el cielo y la calle se iluminan por milésimas de segundos con relampágos que me dan un poco de miedo porque siempre tuve miedo de que un relámpago impactara sobre mi cabeza. Sin embargo me quedo colgada un rato viendo cómo se ilumina y apaga el cielo y cómo la vereda empieza a inundarse y pienso que se supone que yo en un rato salgo al teatro y pienso que con esta lluvia ni loca salgo a la calle. Hay toda una locura alrededor de las tormentas, desde hace ratos que llueve de manera furiosa y los pocos que caminaban por la calle ahora están protegiéndose en algún techito de un negocio o de un edificio. Otros siguen caminando como si nada, como si no hubiera lluvia, desde acá los veo empapados y con la boca abierta porque pareciera que si uno camina bajo la lluvia tiene que abrir la boca para no ahogarse con los casi baldazos que caen del cielo. Pero también hay gritos. Escucho gente que se grita entre sí dándose aliento para caminar más rápido o para correr, como si corriendo uno se mojara menos. Algunos autos pasan rápido y hacen ola con el río que se armó en la vereda y a mi me divierte porque no tengo que estar afuera y puedo sentir, por un ratito, que estoy en medio de un mar un poco revuelto: mi imaginación se da panzadas con las tormentas. La gente que viaja en colectivo mira por las ventanillas y el espectáculo que hay afuera los hace pensar, de ésto estoy prácticamente segura: "por favor que pare de llover cuando tenga que bajarme". Pasan varios personajes en bicicleta e imagino que debe ser muy difícil tener que pedalear con todo ese agua cayendo encima de uno y con todo ese viento en contra golpeando con violencia en la cara.

De este tema me gusta

-La pandereta

-Todo

Uno se va dando cuenta

Uno se va dando cuenta cuando el otro empieza a alejarse. No es algo tan explícito como el dejar de hablar o de contestar llamados o de contestar mails. Tal vez sean esas respuestas, esas palabras, las que de alguna manera dejan en evidencia que el otro se está yendo. Las miradas esquivas, las pausas en la charla, algún silencio tapado por el ruido frenético e inarmónico que escupe el televisor. La ausencia o la presencia, que te escuchen o escuchar, hablar o no hablar. La distancia expresada en esto: que te de lo mismo. Y cuando el otro se aleja la distancia aumenta tanto que ni siquiera a los gritos existe comunicación. Las palabras, aunque estén presentes, están como vacías, ya no hay sorpresas. La llegada de la confianza deja un lugar inmenso para que las parrafadas hirientes tengan su espacio y caminen cómodas, esa distancia aterra y es imposible de achicar. Uno se va dando cuenta de la automatización y de la rutina, del te quiero por costumbre y del beso chiquito casi por obligación. Uno se va dando cuenta de que las palabras se vuelven difusas y pierden tanto poder que decirlas, hablarlas, nombrarlas, puede, incluso, volverse doloroso. Uno se va dando cuenta y trata de caminar por esa distancia cada vez mayor pero del otro lado el otro se aleja tanto y tan rápido que es imposible alcanzarlo y cuando uno se va dando cuenta de todo esto se entristece y los pasos son cada vez más lentos y espaciados y se vuelve todo pesado, cuesta arriba. Uno empieza a quedarse sin aire.