domingo, 12 de junio de 2011

Me pregunto qué se le pasa por la cabeza a un pibe que sale con vos y al final de la cita te dice "te felicito" y cuando le preguntás por qué te contesta "Por haber salido conmigo".

Me gustan los nervios que se sienten antes de una primera vez.

Algo así

Domingo, ocho de la noche, primer momento de silencio del fin de semana. A veces me quejaba de la soledad y el aburrimiento, o de la soledad y la tristeza o de la soledad y el bajón dominguero. El bajón dominguero, ese que todos conocemos, que aparece sin motivos a las siete de la tarde del domingo y se instala y tiñe todo de un azul melancólico. El bajón dominguero, ese en el que el zapping se vuelve la actividad más activa. O ese en el que de repente estás viendo una película de juicios boludos o una de mujeres golpeadas doblada al español. Es bastante cruel el bajón dominguero.

Ayer a la tarde, casi noche, sentí que me pesaba muchísimo el cuerpo, no tenía ganas de hablar ni de moverme y llegué a la casa de Juan casi con mal humor. No había pasado nada raro, pero yo estaba cansada y hablaba con monosílabos o decía bien, muy bien, me voy a bañar. Después del baño la pesadez pasó, pero mientras me bañaba identifiqué qué me pasaba: estaba cansada de estar con gente, y todavía me quedaba una cena con amigos por delante y, tal vez, ping pong o bowling. Demoré más de lo habitual en el baño porque cuando lo único que escucho es el agua correr, mis pensamientos fluyen más tranquilos (fluyen, dije). Después se me pasó. Terminé de bañarme y ya no sentí el cuerpo tan pesado y pude contar las mil cosas que hablé la noche anterior con amigas y lo rica que me salió la comida (comida con la cual pude defenderme cada vez que mis amigas se quejaron de que no respondo el teléfono o me olvido de contestar mails: "vos sos una mierda", "¿cómo me van a decir mierda con todas las cosas ricas que les preparé?"). Después pude hablar con los amigos de la cena pero ya no tuve fuerza para salir. Hoy, de nuevo, me levanté liviana y acepté ir al asado donde estaba invitada pero después del asado que estaba increíble y las golosinas de postre y el mate de la tarde, mi cuerpo dije ya está. Y acá estoy, domingo, ocho de la noche, disfrutando un poco el bajón dominguero y el silencio, la tranquilidad, el no tener nada que hacer.

Creo que tengo un límite. Mi cuerpo y mi cabeza no están preparadas para la interacción social sin pausas. Cuando era más chica salía el viernes, el sábado durante el día me llenaba de actividades, a la noche salía y los domingos de nuevo hacía mil cosas. Todo con gente. Crecí y me volví un poco más solitaria, no sé si será sólo la edad, tal vez es una combinación de edad, clima, cansancio, nervios. Ya no estoy para interactuar viernes, sábado y domingo. Mi cabeza necesita esos momentos de silencio y soledad que son los que antes me daban miedo. Ya no me siento sola cuando estoy sola y el silencio no me parece algo temeroso. El silencio y la soledad son también mi compañía, y hago cualquier cosa o no hago nada, pero siempre los disfruto.