martes, 31 de mayo de 2011

Cosas nunca dichas

Quiero hacer eso que hacen las chicas en las películas, que se levantan de la cama impecables y prolijamente despeinadas y se ponen las camisas de sus novios y hacen café. ¿Me prestás tu camisa?

El efecto tres de la tarde

"El efecto tres de la tarde" me pega cada vez más fuerte. Sé que voy a llegar a casa temprano y me vengo loca de la ansiedad y las ganas de hacer mil cosas a la vez. El efecto tres de la tarde tiene vigencia de lunes a viernes, es típico de mente de oficina, y se da cuando por algún motivo especial, podemos salir temprano de la oficina y sentir, así, que el día de repente tiene quince horas más y que, por ende, podemos hacer doscientas cosas que teníamos atrasadas. Ayer, por ejemplo, me subí al colectivo y se me hizo agua la boca pensando en: limpiar la cocina, ir a Once a comprar telas, ir a visitar al hijito de una amiga, reorganizar las alacenas, mirar una, diez, mil películas, tirarme a dormir una siesta infernal, cocinar para toda la semana, coser, bordar, pintar, leer. El efecto tres de la tarde es pasajero y dura lo que el colectivo: una vez que se llega a casa desaparecen el entusiasmo y la voluntad y son reemplazadas por una sensación rarísima en todo el cuerpo: no se supone que yo esté acá a esta hora. Es raro el departamento iluminado. Es raro que la gente siga en sus oficinas y yo esté acá en piyama tomando mate. Es raro. Como que no corresponde.

Milincovic

Empezó un zapping y dio dos vueltas a todos los canales hasta dejar en un programa cuyo locutor era un histriónico con tonada neutra y cuya gráfica se componía de colores chillones como amarillo y violeta en el fondo y letras verdes y naranjas que rezaban: los videos más divertidos de animales. Pensó que de vez en cuando, un poco de televisión basura no estaba mal. “Las cinco formas más desagradables de caer de un caballo” decía el locutor y reforzaban las letras gordas que ocupaban casi toda la pantalla: una señora gorda que se sube dando saltitos a un caballo y se cae apenas el animal empieza a caminar. Un señor muy alto y flaco sobre un pony que cae de costado y mientras las risas enlatadas estallan, él se toca una costilla y algunas personas corren a socorrerlo. Una pareja de señor con camisa cuadrillé y señor con sombrero de cuero tratan de domar un caballo rebelde a las orillas de un río y terminan los dos en el agua. El caballo sale corriendo. Se distrajo pensando en lo mucho que le gustaban los caballos cuando era chica y no retuvo las otras dos formas más desagradables de caerse de un caballo. Pensó, también, en las pocas veces que había tenido la oportunidad de subirse a uno: en Parque Camet, Mar del Plata. Había ido con una amiga y los padres de ella en unas vacaciones de invierno y habían pasado casi toda la estadía repartida entre Sacoa y el drugstore de una estación de servicio. En esa época estaban de moda unos gorros largos, tipo bonetes, a rayas. Había de dos tipos: con rayas verdes, rojas y amarillas y con rayas blancas y celestes. Fue el año que se celebraron unos juegos olímpicos en el que el equipo de voley de Argentina había brillado como nunca. De repente todos eran expertos en el deporte. Hoy solamente se recuerda el nombre de Milincovic y que Milincovic era muy apuesto.