domingo, 29 de mayo de 2011

Highlight del fin de semana

Sábado, 2 AM.
Leo una pelea cualquiera de dos cualquieras en Twitter.

Casas abandonadas con familias adentro

Me encanta buscar casas. Dos o tres veces por semana navego por páginas web de inmobiliarias (páginas muy parecidas a las que había diez años atrás, con tipografías antiquísimas, música de película porno o fotos pixeladas). También busco en los clasificados online de diarios, en revistas, o anoto números de teléfonos en carteles de "Se vende" para después llamar y escandalizarme por los precios imposibles que hacen que mi amor por la búsqueda inmobiliaria sea algo así como un placebo ante la imposibilidad de comprarme alguna vez algo.

Tengo una tendencia a preguntarme qué tipo de gente vive en cada casa que conozco (aunque sea por fotos), una necesidad de saber por qué quieren vender, si son o fueron felices ahí, por qué eligieron ese cerámico para el piso de la cocina o por qué tantas casas tienen paredes color verde manzana. Las respuestas a mis preguntas, por supuesto, siempre son dramáticas y tristes: nunca nadie pudo ser feliz con esa oscuridad, nunca nadie pudo sonreír en ese patio que en realidad es el pulmón de un edificio de veinte pisos rodeado por dos edificios aún más altos. Todas las casas que veo son casas abandonadas con familias adentro. Con roperos desordenados, cocinas con manchas de aceite de hace quince años, trapos rejilla con olor a vómito, hornos que no abren, ventanas con cortinas oscuras, plantas sin regar. Infelicidad.

Extendí mi teoría de las casas abandonadas con familias adentro y ahora no paro de encontrar ejemplos que me estremecen y me dejan con una sensación amarga de familias enteras con tristeza crónica. De peleas conyugales, hijos conformistas y camas sin hacer. Camino por la calle y solamente miro fachadas de casas y pienso cuánta depresión soportan esas paredes llenas de humedad. Esa tierra seca con algunas alegrías del hogar marchitas, con macetas vacías, con persianas cerradas. Qué tristes las rejas que sólo tienen aplicada una capa de pintura antióxido. Cuánta desolación en el pasto sin cortar, en los vidrios sucios. Son casas abandonadas con familias adentro, y siempre termino preguntándome cuán abandonados están ellos mismos, que pueden vivir una casa y no un hogar, que tienen una terraza con una parrilla que no se usa y una montaña de diarios de la que salen las cucarachas.

Mi mirada es prejuiciosa y está llena de pesimismo: por un lado porque mi infancia, mis casas, siempre fueron hogares cálidos, porque el trapo de la cocina de mi mamá siempre tuvo olor a limpio y porque en casa lo primero que se hacía para inaugurar el día era levantar las persianas. Es pesimismo porque en algún punto muy oscuro de mi, hay algo que me dice que las cosas no van a funcionar, que los hogares como el mio no existen, y que de hecho, un hogar como el mio, tan cálido por fuera, era una fachada para una familia que desbarrancaba una vez por semana, cuyos cimientos iban llenándose de humedad y plantas resecas y parrilas sin usar.