miércoles, 25 de mayo de 2011

La empleada que se convirtió en proveedora

Vivo este feriado como si fuera el último feriado de mi vida y de alguna manera esa es una verdad que espero dure muchísimo tiempo. Me refiero a ese respiro que te da un feriado a mitad de semana, un airecito fresco en una semana que fue igual a la anterior y que va a ser igual a la que viene. Una pausa en la rutina diaria del trabajo de nueve a dieciocho o de diez a dieciocho o de doce a veinte o el horario rutinario e inalterable que se te ocurra. Una pausa de la oficina, del almuerzo corporativo, del mismo colectivo todos los días. No estoy hablando de algo necesariamente negativo: trabajé en muchos lugares que me hicieron feliz a pesar de tener algo de empresita que necesita que sus empleados estén ocho o nueve horas, aunque sea rascándose, porque la impresión de poder que da tener un grupete de gente a tu disposición es algo tentador y a lo que resulta difícil renunciar (pensalo: ¿cuántos son los jefes que, aunque no tengas nada que hacer, te hacen ir a marcar tarjeta? -marcar tarjeta es metafórico, ojo con eso-). La sensación, hoy, es que éste es mi último feriado. Es una cuestión de palabras más que de hechos: decidí dejar de considerarme empleada para empezar a considerarme proveedora. Y en un punto, ese cambio de palabras resignifica lo que hago y lo orienta hacia un lugar mejor: si yo no quiero (si no quiero porque no me pagaron, porque me trataron mal, porque me faltaron el respeto, porque me boludearon y una infinidad de etcéteras) no te entrego el programa. No te entrego la copia de la película. Puedo borrar el proyecto y todo el bruto de tu institucional. Ya no tenés el poder de correrme con nada, porque ahora yo te proveo. No soy tu empleada. Es difícil aceptar el cambio de empleado a proveedor. No es fácil manejarse a uno mismo y temo que la pereza me gane más de un día: supongo que son los temores básicos de los que elegimos dejar de trabajar en una oficina (oficina puede ser: redacción, isla de edición, sala de producción, call center o lo que se te ocurra) para trabajar en pantuflas en la comodidad de nuestros hogares. Yo siempre tuve ese sueño, y ahora siento que está casi tan hecho realidad que la realidad de la pantufla me pega una cachetada y me despierta y me dice: tampoco desbarranques. Que la libertad que te da la elección de trabajar en casa y dejar de ser empleada para ser proveedora no te tire para atrás (o no te tire para la cama, o no te tire para el televisor, o no te tire para las salidas -hoy estoy con una fijación por dar ejemplos y sobreexplicarme porque no quiero que se me mal interprete-). Estoy contenta por varios motivos: no tener que levantarme con un despertador maldito todos los días, no tener que comer fuera de casa todos los días, no tener que tomarme el mismo colectivo todos los días ni marcar tarjeta todos los días o bancarme caras de orto porque llegué quince minutos tarde, disculpame, te juro que el colectivo se demoró, no es mi culpa, Corrientes estaba trabadísima, había paro de subte, las calles estaban cortadas. Estoy contenta porque depender de mi misma (estoy hablando en un nivel profesional/laboral) es algo que nunca me pasó. Estoy contenta porque es algo que planeo desde que pisé la primera productora y me di cuenta que las cosas (las cosas: la gente, los trabajos, los jefes, el programa) a veces son más hipócritas de lo que podemos imaginarnos. Estoy contenta porque el jogging va a volver a ser mi uniforme oficial y estoy contenta porque éste es mi último feriado como empleada y me primero como proveedora.

Aunque sospecho que ser proveedora significa, también, dejar de ver el feriado como lo vi la mayor parte de mi vida, como si el concepto "feriado" fuera a esfumarse y transformarse en un día más como cualquier otro, como si todavía no terminara de procesar que la semana que viene termino un trabajo, tengo algunos días de vacaciones y después empiezo otro, que me va a llevar dos meses, dos meses de los cuales uno (todo un mes, ¿entendés cuánto tiempo es todo un mes?) lo voy a pasar editando en casa, tranquila, con mi mate y mis ojotas, con mis tiempos y sin el despertador ni el colectivo diario que ya me tenía hinchadísima las pelotas.

De mi trabajo nuevo II

+ Renuncié.