sábado, 21 de mayo de 2011

El Chiqui

En el patiecito que estaba entre la reja y la entrada de la casa estaba Chiqui, el perro grandote y bobo que no jugaba ni saltaba ni ladraba: estaba echado ahí y apenas se movía unos centímetros si alguien lo pateaba. Al Chiqui siempre lo pateaban para que se moviera. Cuando conocí a Jorge me dijo que tenía un perro precioso que se llamaba Iki. Supongo que la alteración del nombre se debía a un deseo profundo de darle al animal oloroso un aire más sofisticado del que en realidad tenía. Una vez el Chiqui se perdió. Salió a dar una vuelta manzana, porque los animales en ese sector del conurbano pertenecen a una familia y a una vivienda en particular pero al mismo tiempo son del barrio, y nunca volvió. Fueron meses de angustia. La madre de Jorge lloraba en silencio por el perro bobo, y yo no entendía por qué haber perdido ese perro que estaba más muerto que vivo le causaba tanta tristeza. Una tarde de domingo llamó uno de los tíos de Jorge y dijo que le había parecido ver al Chiqui en el estacionamiento gigante y siempre desierto que estaba al lado de un hipermercado de San Justo. Fuimos todos a buscarlo y era el Chiqui. Estaba asustado y tirado en un rincón esperando algo que no sabemos bien qué era (podía ser que alguien fuera a buscarlo, que alguien le diera de comer o podía ser la muerte). Me acerqué a la reja del estacionamiento y grité el nombre del perro porque todos lo miraban y se decían entre ellos “Sí, es el Chiqui” con una alegría que descomponía, pero no lo llamaban a él ni iban a buscarlo: se felicitaban por haber encontrado algo que seguían dejando ahí tirado. Apenas grité el nombre del perro, la Susy me dijo que no gritara nada, que el perro estaría traumado, que podía morderme. En otras palabras: que no me metiera. Entonces le gritó ella, y yo pensé que su voz era mucho más irritante que la mia y que si el perro la escuchaba seguramente no iba a querer volver. Pero el perro se levantó con esfuerzo, como si el cuerpo le pesara más que nunca, y se acercó lentamente a la reja donde estábamos todos y nada más. Ni ladró ni saltó ni movió la cola: se echó.