lunes, 16 de mayo de 2011

De mi trabajo nuevo

+ Todavía me río de los chistes malos de mis compañeros porque no quiero quedar como una agreta y todavía no hay confianza para decir "boludo, mejor dedicate a editar".

+ Todavía llego a horario.

+ Todavía pienso que todos hablan de mi cuando me voy y dicen cosas pésimas como "¿Viste que hoy llegó con el pelo mojado?".

Primera carta de amor

Hoy hace exactamente trece años que escribí mi primera carta de amor. Por supuesto, estaba camuflada: se la escribí al que el año anterior había sido mi primer noviecito, mi primer beso, mi primera mariposa en la panza. Me había llegado el rumor de que después de los meses separados (cuando empezaron las vacaciones me pareció que ya no tenía sentido seguir de novia y le corté por teléfono para arrepentirme el primer día de clases siguiente, cuando lo vi paradito en la fila con cara de dormido) él me seguía amando (en esa época usábamos mucho y muy seguido el verbo amar) y a partir de ese día hice lo imposible para recuperarlo. Me acuerdo que una vez, por ejemplo, llevé al colegio un cd de Los Piojos porque sabía que él quería que alguien se lo prestara y cuando averiguó y yo le tenía en mi banco me lo pidió y yo morí de amor. Y cuando me preguntaron por qué tenía ese cd en mi banco, atiné a justificarme con un triste "no me acuerdo por qué lo agarré, estaba muy dormida". Un día se olvidó el buzo en el colegio me lo llevé a mi casa, otro día pasé por la puerta de su casa en Haedo algo así como quince veces y otro día me tomé el colectivo que él se tomaba para compartir asiento. Todo indicaba que de un momento a otro él iba a volver a pedirme que fuera su novia y yo iba a aceptar, ganadora y triunfal, con un coro de angelitos cantando detrás el aleluya.

La carta llegó a mi cabeza como un último recurso, porque los meses pasaban (el cd ya había vuelto, el buzo ya estaba en su casa y ya no quería tomarme colectivos que me llevaran a cualquier otro lado menos a mi barrio) pero no llegaba ninguna declaración amorosa. Entonces, el día de su cumpleaños, fuimos todos a su casa, le regalamos una remera que, por supuesto, fui a comprar yo, y antes de irme le dejé en su habitación mi carta.

No decía nada romántico. Era más bien una carta de feliz cumpleaños que yo pensaba iba a seguir reavivando el amorcito ese que habíamos tenido el año anterior. Al día siguiente lo llamé por teléfono y le pregunté si había encontrado la carta y, muy respetuoso y solemne, me dijo que la había recibido, que muchas gracias.

Ahí debería haberme rendido, pero en cambio seguí con estrategias adolescentes hasta que un sábado a la mañana me crucé en la puerta del natatorio con una amiga que la noche anterior había estado en un baile con los del colegio al que a mi no me habían dejado ir, y me dijo: "Pablo se tranzó a Caro".

Debería comparar la situación con el momento en que te cae un baldazo de agua fría, pero yo estaba metida en la pileta, mojada y con olor a cloro y el baldazo de agua fría pierde muchísimo efecto. No sé con qué podría compararlo, pero sí sé que ese día, entre brazada y brazada, entre ejercicio de piernas y ejercicio de brazos, yo lloré como una condenada y con las antiparras empañadas decidí que nunca más en la vida me iba a volver a enamorar.