domingo, 8 de mayo de 2011

El domingo, la soberbia y otras estupideces

Hoy es un domingo bañado en una especie de fastidio y de estar al borde del mal humor o yendo y viniendo del terreno del mal humor. Esos días en los que el "tener que" se vuelve una carga pesadísima que no estoy dispuesta a llevar en la espalda porque, por un lado no quiero, y por otro lado, tengo un dolor en la espalda y una contractura en el cuello que me está haciendo ver las estrellas.

Decía que el problema son esos "tener que" que uno mismo se impone. Porque a mi nadie me obligó a volver a la facultad y nadie me obligó a volver a aceptar un trabajo con un horario fijo habiendo comprobado en solamente una semana que el trabajo de oficina con un horario fijo que está al borde de tener que marcar tarjeta es algo que me deprime. Esos "tener que" hacen que por momentos me autoexija y demande mucho más de lo que puedo hacer (ya no soy capaz, lo he comprobado recientemente, de preparar un parcial en una semana o mantenerme despierta a fuerza de mate y café para llegar a leer todo) y por otro lado hay una cuestión, no menor, que se contrapone a esas exigencias que me estampo en la cara como una cachetada histérica: no tengo ganas de nada más que de estar tirada leyendo alguna otra cosa, o mirando alguna serie o saliendo a caminar bajo el sol. "Tengo que" y "no tengo ganas de" se manifiestan en esto: un fastidio permanente y esta necesidad de llenar los huequitos temporales tratando de que esas obligaciones autoimpuestas se esfumen, simplemente, en un "no tuve tiempo". Que la culpa del incumplimiento no me torture un domingo a las siete de la tarde y transforme el fastidio en un odio irracional.

No hay caso. Desde anoche estoy pensando lo siguiente: que niños de diez u once años pasen por la puerta de un supermercado chino con el chino dueño hablando por teléfono en la vereda (los chinos dueños de supermercados chinos siempre están hablando por teléfono) y se burlen del señor chino con un chino inventado del estilo "cachichién" me resulta un retroceso tan grande que obscurece los otros pensamientos que tengo. Como si esos pequeños sucesos me movilizaran tanto o mucho más que una noticia en el diario. Y no puedo más que preguntarme por qué esos niños son tan burlones y de dónde viene esa manía de reírse del diferente cuando, no sólo en el fondo sino también en los aspectos más superficiales como la ropa o la manera de caminar, todos somos diferentes y nadie, pero nadie, está arriba del otro.

Me disperso mucho y hago este tipo de preguntas todo el tiempo, estoy más analítica e introspectiva: pienso mucho más qué decir sobre cada cosa y cuándo decirlo, cómo y a quién. Peco de soberbia, por momentos, cuando elaboro una idea y la comunico de la peor manera: tranquila, con tono pausado, como diciendo "callen la boca que aquí estoy yo con mis maravillosas conclusiones". Lo hago sin querer. Pienso tanto antes de hablar que cuando hablo ya pensé las comas, las pausas dramáticas y los adjetivos que sí voy a decir y aquellos que me voy a guardar. Tal vez ese, el miedo a ser un personaje soberbio, sea uno de los motivos por los cuales no estoy acá, en el blog, tan seguido, escupiendo un montón de estupideces diarias.