viernes, 29 de abril de 2011

El fin de una etapa

Supongo que es normal que el último día en el lugar donde estuve tres años me asalten pensamiento melancólicos color rosa viejo como por ejemplo: es la última vez que desactivo la alarma, es la última vez que pido el almuerzo al delivery sano, es la última vez que entro a la sala de máquinas y me congelo, es la última vez que llamo a la mensajería, es la última vez que armo un remito, es la última vez que chequeo una película. Supongo que también es normal este estado de ansiedad permanente y esta montaña rusa de sensaciones y tsunami de emociones: tristeza, alegría, felicidad, miedo, nervios, sonrisas, llanto, tristeza, alegría, felicidad, miedo, nervios, sonrisas, etcétera. Cuando el otro día escribí que me había quedado sin trabajo, más allá de las controversias que se generaron por mi comentario sobre los call center (que me disculpe la chica del call center a quien le gusta su trabajo en el call center, y que entienda que para mi, con veintisiete años y con seis años de experiencia en lo mio, ir a trabajar a un call center sería una derrota personal demasiado grande como para soportarla, como sería también una derrota tener que ir a atender un local de indumentaria de un shopping, o tener que volver a ser preceptora en un jardín de infantes, o un montón de trabajos que tuve y que no quisiera volver a tener), lo escribí en medio de una crisis nerviosa y una pila de incertidumbres y miedos y depresiones que luego ya no están: la sensación de tener que volver a vivir con mis padres ha desaparecido, y fue reemplazada por algo mucho más optimista y alegre: por fin puedo irme de este lugar tan gris, que me estaba matando por dentro y me estaba alienando de una manera terrorífica.

La sensación, ahora, es la alegría por poder irme (tal vez si no me hubieran puesto entre la espada y la pared nunca hubiera renunciado, de miedosa, y me hubiera quedado acá algunos años más, oxidándome y sintiéndome cada vez más infeliz) y la ansiedad por no saber lo que vendrá. Por momentos salto de la alegría y por momentos me late fuerte y rápido el corazón y pienso que de eso se trata el no saber qué va a pasar. Y para mi, que soy organizada y muy programática, esa sensación es nueva y desconocida: yo no sé lo que significa vivir el momento, al menos en lo que refiere al trabajo.

Toda esta mezcla de sensaciones no me está dejando dormir bien, por las noches me despierto y digo algún nombre en voz alta, el nombre de alguien con quien trabajé anteriormente, alguien con quien me gustaría trabajar, alguien a quien debería enviar el curriculum. Estoy con dolores de cabeza y el miércoles a la mañana me levanté y así como me levanté volví a desplomarme en la cama porque tuve un bajonazo de presión que me dejó entre pálida y verde durante quince minutos y que se pasó con una cucharada de azúcar bajo la lengua.

No sé qué va a pasar ahora. No sé qué haré la semana que viene ni la otra ni el mes siguiente. Sí sé que toda la gente que contacté me contestó amablemente. Que escribí a personas con las que trabajé hace cuatro, o cinco años, y que lo hice con cierta vergüenza porque es medio pedorro acordarse de cierta gente cuando uno tiene necesidades laborales. También sé que gente que no me conoce personalmente, gente que es de acá, del blog, de twitter, del mundo virtual, se preocupó y me dio una mano, en lo que pudo y como pudo. Recibí cariño y posibles ofertas de trabajo y hasta me di el lujo de rechazar un trabajo no porque no me gustara (al contrario: me entusiasmaba muchísimo) pero sí por una cuestión económica. Recibí mensajes de gente que me conoce de algún proyecto chiquito, de algún corto, de la facultad, de trabajos anteriores. Gente que fue cliente en la productora y que se puso a mi disposición para lo que necesitara. Amigos que me enviaron ofertas que leyeron en páginas por ahí, chicas que me pasaron páginas de búsquedas laborales. Recibí, de todos, tanta buena predisposición y tanto amor, que todo indica que la decisión de abandonar la productora fue la acertada, más allá de todo lo malo que pueda llegar a pasar (aunque, ¿qué tan malo puede ser tener que comer arroz durante un par de meses?). Estoy contenta. Estoy contenta porque no pensé que iba a ser tan gratificante quedarse sin trabajo.

En mi cabeza, hoy a la mañana, estaba sonando muchísimo este tema. Este tema es un recorrido, es un tema que puede escucharse en la ruta, en un camino. Es un devenir. Escucho este tema mientras escribo todo esto y los ojos se me llenan de lágrimas y sonrío, con un poco de esperanza y un poco de nostalgia, porque hoy se termina una etapa importantísima en mi vida, y empieza otra que, estoy segura, va a ser mucho mejor.


Atenti especialmente al punto número 1


Lloraron, ¿no?