miércoles, 20 de abril de 2011

Cómo me gusta

(tanto que ya puse este mismo tema y otros de ella. Bánquenme, la lluvia me quita las ganas de decir cosas)


Es el último, prometo

Véanlo. Fíjense qué simpático es Barenboim. Cómo se nota que ama lo que hace. Cómo puede hacer dirigir a los músicos, respetarlos y a la vez señalar cuándo las palmas sí y cuándo las palmas no a las viejas y viejos copetudos. Es un genio.



Update: por lo que leí durante este insomnio, la Marcha Radetzky, de Straus, es un tanto polémica porque se la considera como un símbolo reaccionario. Y por lo que leí, y lo que encontré, se toca en Viena todos los fines de año, y es tradición que el público aplauda y que los directores de orquesta hagan morisquetas y dirijan a todos al mismo tiempo.






El lenguaje corporal del director de orquesta

Vos fijate que se mueven poco, a veces casi nada. A veces sus movimientos son imperceptibles. A veces llevan una batuta y a veces nada. Mueven un poco las manos. Los brazos otro tanto. Levantan la cabeza para un lado. O la giran para el otro. Abren los ojos como si se sorprendieran por algo. Es todo sutil. Delicado. Nada forzado. Pareciera que están bailando pero casi no se están moviendo. Pareciera que por sus cabezas pasan millones de informaciones, datos, matices, notas, acordes, escalas menores, mayores. Tienen los oídos tan atentos que pueden identificar una nota fuera de lugar, fuera de tiempo, una nota que no correspondía. Y es loco, que con esa delicadeza, con esos movimientos tan chiquitos estén diciendo tanto a tantas personas. A un montón de tipitos y tipitas que confían en él ciegamente, que saben que tienen que seguir lo que él diga con esos ojos y con esas manos. Hay que tener muchísimo talento, mucho más del que yo puedo imaginarme, para decir tanto sin tener que decir ni una sola palabra.




No sé, fijate acá, todo lo que pasa con esto de lo que estoy hablando, es increíble:



PD: Con estas cosas a mi se me pasa el mal humor. Con estas cosas y no con alguien que quiera levantarme el ánimo o hacerme sonreir. Cuando estoy de mal humor estoy de mal humor y no hay que darme ni pelota hasta que se me pase.
Y además tengo que escribir dos posts para ese blog maravilloso que estamos haciendo, son posts divertidos, me copan, debería sacarlos en un rato, sentarme y escribir un poco, que salgan de una vez. Pero me siento y no tengo palabras, estoy analfabeta y pelotuda, escribo dos o tres oraciones sueltas y ninguna me copa mucho. Me baño y se me ocurre algo que puede estar bien y lo repito tanto para no olvidarlo que se deforma y no me gusta mas.

Y toda la bola

Había ordenado el departamento y me había bañado y perfumado. Me había vestido recontra chuchi pero casual onda "estoy linda pero de entrecasa", como que esta calza que me hace un culo divino me la puse porque fue la primera que encontré. Me había preparado y había estirado la cama y había pasado la escoba y todo porque pensé que iba a tener visitas. Y ahora, doce de la noche, que no tengo visitas, tengo esta calza incomodísima que me hace un re buen culo pero tiene el elástico medio flojo y se me cae. Tengo el departamento ordenado al pedo, con lo que a mi me gusta tenerlo un poco desordenado y con lo tedioso que me resultó guardar la ropa en el placard y meter a presión en el puf la ropa sucia. Y tengo en la cama una pila de apuntes aburridos que seguramente no voy a leer pero debería porque no tengo sueño porque había dormido una siesta para no estar zombie para recibir a las visitas. Y las visitas que al final no me van a visitar nada. Y qué loco, todo este mal humor que tengo, toda esta casa ordenada y fría y aburrida al pedo, porque ni siquiera era seguro que fueran a visitarme las visitas. No sé para qué trabajé, por las dudas, por si acaso las visitas me visitaran cuando nadie había dicho que venía a visitarme. Todo este mal humor y el insomnio y la pila de apuntes y toda la bola.