sábado, 9 de abril de 2011

Sueños horribles, basta por favor

Tengo sueños horribles. No me despierto sobresaltada durante la noche, pero me dejan angustiada durante el día. Sí me pasa que aprieto los dientes. De nuevo. Me despierto a la mañana con la mandíbula dura. No es tan grave como me pasaba hace unos años, que me despertaba con tanto dolor que no podía abrir la boca hasta media hora después de levantada. No estoy exagerando. Aquella vez se me fue con un adminículo muy poco sexy, de silicona o similar, que me hacía acordar a una niñez llena de aparatos. Temo tener que volver a usarlo. Y no quiero.

Sueño, por ejemplo, que estoy embarazada. Sueño con el momento previo al parto, sueño que en los nueve meses me agarró una locura y nunca fui al médico. Sueño que estoy en un hospital, en una camilla, que me da vergüenza confesarle al médico que no me cuidé. Sueño que le digo que la última ecografía fue dos meses atrás. Sueño que no me cree pero no me lo dice, lo veo en su mirada: sabe que le estoy mintiendo. Estoy sola.

Sueño que eructo. Sueño que tengo un ataque de eructos. Que no es gracioso. Que no digo el abecedario. Que no puedo parar. Que los ruidos de los eructos son cada vez mas fuertes y mas largos y un poco guturales. Que con cada eructo mi garganta se va resecando y empieza a tener un gusto ácido, como si recién hubiera vomitado. Y que no puedo hacer nada contra los eructos. Que me angustio y lloro muchísimo al mismo tiempo que eructo cada vez más fuerte, mas potente, mas asqueroso.

Sueño que se muere alguien que quiero mucho en un accidente de autos. Como eso ya pasó, en la realidad y también en el sueño, pienso que estoy acostumbrada a que la gente se muera en accidentes de autos. Me sueño en un auto yendo no sé si a reconocer el cuerpo, al velatorio, a avisarle a la familia. Esa parte, lo que estoy haciendo yo en un auto, es indefinida. Estoy sentada en el medio del asiento trasero. No sé quién maneja, pero sí sé lo que estoy pensando mientras viajo: primero pienso que ya está, se murió, qué pena, ya estoy acostumbrada. Pero con el correr del viaje me doy cuenta lo que significa esa muerte: nunca mas voy a verte, ni a escucharte, ni a darte besos ni a abrazarte. Nunca mas voy a dormir con vos, no me vas a llamar por teléfono, no vamos a cocinar juntos. Y mientras me doy cuenta de esas cosas, de lo que realmente significa la muerte de esa persona, empiezo a entristecerme tanto que me ahogo con mi propio llanto y quiero retroceder el tiempo y decirte que no viajes nada, que te quedes conmigo, que por favor no vayas a morirte porque no sé qué haría sin vos.

Me despierto de ese sueño y entiendo que fue un sueño cinco o diez segundos después de abrir los ojos. Pero no me tranquiliza saber que fue un sueño. Empiezo a llorar, desconsolada, llena de tristeza, sabiendo que hay cosas inevitables y que la muerte es una de ellas. Cuando le cuento lo que soñé me dice me alargaste la vida. Eso tampoco me tranquiliza. Estoy todo el día apagada, y cuando rememoro lo que sentí en el sueño, cuando me doy cuenta que la muerte es posible para cualquiera en cualquier momento, empiezo a llorar de nuevo.