lunes, 28 de marzo de 2011

Un cuento de hace mucho

Mirá pibe, yo te voy a cantar la justa. En las filmaciones hay tres grupos de tipos: los giles que levantan minas, los putos y nosotros. Si vos mirás desde acá te das cuenta al toque. Esos que corren y gritan por cualquier cosa, esos son los que levantan minas. Los de allá, que peinan a la actrices y arreglan floreritos, son los maricones. Y acá, nosotros, los fleteros y eléctricos, miramos todo de lejos. Y nada mas. No nos mezclamos con el resto. Cada uno hace la suya, y listo.

Yo no te lo digo porque te quiero cagar la mina, yo tengo códigos. Te lo digo porque ya la viví. Porque aprendí que acá no hay que zarparse. Y lo aprendí a los sopapos viejo, como se aprenden estas cosas.

Hace algunos años yo era un pibe asi como vos ahora, medio soñador. Pensaba que con la facha podía ganar lo que quisiera. Y ojo que mal no me iba, era un ganador. Había entrado a trabajar como fletero en las filmaciones, y el primer día que arranqué, ahí nomás la conocí.

Nunca en mi vida había visto una mina así. Era rubia, alta, flaca. Tenía unos faroles celestes que partían la tierra. No sabés lo que era. Y mirá que yo había estado con unas yeguas bárbaras. Pero no se comparaban con esta. Carolina se llamaba. ¿Viste el tema “Estar con un angel”? No pongas esa cara, gil. ¡El León Santafesino! ¿No lo conocés? Leo Mattioli, papá. El Sandro de la cumbia. Si habré ganado minas en sus recitales… El tema dice: “Amarte así fue lo mejor que me pasó, pude sentir, que mi vida empezó de nuevo cuando te conocí”. Y fue eso, loco. Yo la vi y sentí que mi vida cambiaba.

Carlina trabajaba con los de la cámara, asi que se la pasaba meta ir y venir al camión, y cada vez que pasaba a mi me agarraban escalofríos. Pero yo no soy ningún paspado, y en esos tiempos menos, asi que empecé a charlarle. Empecé a chamuyarla con boludeces, cada vez que pasaba yo la saludaba, le decía un piropo, o un chiste, o le preguntaba si sabía a qué hora parábamos a comer. Cualquier cosa le decía, con tal de que me mirara con esos faroles. Y la mina respondía. Se quedaba charlando conmigo, se reía de la boludeces que yo largaba, algunas veces habían tenido que venirla a buscar, porque se colgaba ahí conmigo.

Asi todos los días. Yo me quedaba cerca del camión a esperarla. Todo el día como un boludo, sentado en la reposera, viéndola ir y venir. Cada día que empezábamos yo prometía que ese día la invitaba a tomar algo, pero no me animaba. ¿Podés creer, con lo gato que soy yo que no me le anime a una mina?

Hasta que un día se me dio. Uno de los de producción nos avisó que a partir del día siguiente las filmaciones serían en Ezeiza, y no había presupuesto para traslados, teníamos que ver cómo nos arreglábamos. Unos hijos de puta, siempre hacen esas cosas. Si la hubieras visto, a la rubiecita se le vino el alma al suelo, porque casi no tenía amigos, era nueva en el ambiente. Entonces me acerqué y le pregunté dónde vivía. En Ramos boludo, podés creerla. Yo en Morón y ella en Ramos. Ahí nomás le dije que no se preocupara, yo la podía pasar a buscar por la estación todos los días. Y asi fue. Todos los días, a las ocho de la mañana, yo tocaba bocina y ella venía corriendo a la camioneta, dando como saltitos, sonriendo, y charlaba todo el camino. No tengo idea qué me decía, porque yo chivaba como un hijo de puta y no quería que se me notara. Era lo único que pensaba. En eso, y en ella. La miraba hablar y se paraba el mundo hermano, nunca me había pasado eso, tenía que contenerme para no tirame encima de ella, porque no daba, no era de esas minas.

Un martes a la mañana, mientras la vieja me cebaba unos mates, le conté. Ella me dijo: “Nunca le hagas a una mujer algo que no te gustaría que le hicieran a tu mamá o a tu hermana”. La miré y me cagué de la risa. Era el mismo verso que me había dicho desde los doce. Yo nunca le hice caso, sino no la hubiera puesto en la puta vida. “A las mujeres nos gusta el romanticismo, que nos dediquen canciones, o que nos regales flores. Eso tenés que hacer: regalale una rosa roja”. Y me volví a cagar de la risa, mirá si yo me le iba a aparecer a la rubia con una flor en la mano, como un flor de pelotudo iba a quedar.

Ese día pensé cómo declararme, pero tenía un cagazo de la conferencia. Tipo siete de la tarde cerramos todo y la rubia se subió a la camioneta. Cuando estábamos por Liniers, pensé “Es ahora o nunca”, asi que metí el cd del León y puse ese tema que te dije antes, después te lo voy a pasar. ¿Y sabés lo que pasó? La rubia se puso a cantar. Casi me muero. Frenamos en un semáforo, el tema ya había terminado, la miré, y se lo dije: “Cada vez que escucho ese tema me acuerdo de vos”. Ella sonrió, y el puto semáforo cambió a verde. Llegamos a la estación de Ramos, y cuando se acercó para darme un beso, ahí nomás la agarré de la nuca y me la trancé.

Apenas llegué a lo de la vieja le conté. Estaba feliz papá, nunca en la vida me había sentido así. Era un winner. Mientras le contaba me suena el celular. Mensaje de la rubia: “Mañana voy por mi cuenta. Saludos”. “¿”Saludos”? Mandala a la mierda”.

Al otro día llegué temprano a la filmación, y Carolina todavía no estaba. Al rato la veo aparecer, se había venido en un remís. Me hice el boludo, porque tampoco quería quedar como un pollerudo, pero apenas entró al camión me metí con ella y la agarré de atrás. “Qué hacés tarado, me asustaste”, yo me reí y me acerqué para darle un beso, pero la mina corrió la carita, y se fue a la mierda. Cuando llegó la hora de irnos, fui donde estaba ella y le ofrecí llevarla, “Sin compromiso” le dije, mirá qué chamuyero, y ella agarró viaje. En el camino no dijo nada, y yo tampoco. No sabía bien qué onda, y no quería cagarla. Llegamos a la estación, y de nuevo, cuando viene a darme un beso, la agarro de la nuca, y cuando la tengo a un centímetro, me dice, la yegua: “Vos sabés que yo tengo novio, ¿no?”. Yo me quería pegar un tiro en las bolas, pero me hice el otro, escuchá lo que le dije: “No te preocupes mami, no soy celoso”. Y con eso la maté. La piba se me enroscó, me empezó a manosear el paquete, y yo las tetas, la empecé a empujar para atrás, ahí donde está el catre, y me frenó. Dijo “me tengo que ir, mañana a las ocho acá”, se bajó, y desapareció. Ni tiempo para decirle “chau” me dio.

Y así seguimos. A las ocho la pasaba a buscar, nos toquetéabamos un rato, trabajábamos, volvíamos en la camioneta, nos volvíamos a toquetear, ella decía que se tenía que ir y listo. Dos semanas me tuvo asi, imaginate cómo estaba yo, no aguantaba mas. “Tengo miedo”, me dijo un par de veces. Yo quería respetarla, qué se yo, supuse que tendría cagazo de enamorarse, y no la culpo. Además estaba el novio, ella decía que estaban mal, y yo la convencía de que lo dejara, pero nada. Durante la filmación ni de reojo me miraba, pasaba por al lado mio y no me contestaba, ni se reía de mis chistes, nada de nada. Pero en la camioneta… en la camioneta se prendía fuego.

El último día de filmación, cuando volvíamos de Ezeiza, aflojó un poco. “Mañana, después de la fiesta, si querés podemos irnos juntos”.

Imaginate cómo quedé. El viernes estaba feliz, por fin me la iba a garchar y ella finalmente se iba a convencer de que lo mio era en serio. Estuve como un boludo todo el día, pensando giladas de mina, qué ponerme, a qué hora caer, qué decirle, esas pelotudeces. Los pibes vinieron a casa a la tarde y me tocaban el culo porque decían que me había vuelto maricón. Lo que pasa es que no entendían, ellos nunca se habían enamorado. Elegí la mejor pilcha, la vieja me ayudó, me puse perfume loco, yo en mi vida me había puesto perfume. Tipo once de la noche, salí para la fiesta.

Apenas llegué, la busqué por todos lados. Fui pasando de una pista a la otra, el lugar se zarpaba de grande, hasta que la vi. En medio de la pista, la rubia meneaba las caderas que daba calambre. No me acuerdo, pero creo que bailaba uno de Gilda. Pensé que si se movía asi en las pistas en la cama sería una guerrera. Me acerqué a ella, de a poco, poniendo cara de gato, mirándola fijo, con seguridad, como diciéndole “No sabés la que te espera”. Y cuando estaba a dos metros, porque te juro que no eran más de dos metros, se acerca uno de los giles y la agarra de la cintura. Y la muy yegua, en vez de correrlo, se le prende como una garrapata. Empezaron a bailar ahí, delante de todos, medio a manosearse, como un baile medio sensual. Me quedé ahí, parado como los boludos que esperan el semáforo para cruzar. Y la miré un rato, pero ella estaba tan prendida al mono ese que ni siquiera se dio cuenta. Después desaparecieron. Agarraditos de la mano desaparecieron.

Yo me fui al parque a fumar. Me quedé ahí sentado, pensando en la muy hija de puta de Carolina, y no sé cuánto tiempo habrá pasado, que la veo atrás de un árbol, haciéndome señas. La mina dele que dele revolear los brazos y señalar cosas que yo no veía. Al principio no le di ni la hora, pero en el fondo soy un caballero, asi que terminé por acercarme y preguntarle qué le pasaba. “Qué te pasa boluda, que andás haciendo señas como si fueras sordomuda”, eso le dije, pero cariñosamente. La mina desembuchó. Yo no entendía bien, porque estaba medio en pedo y encima la rubia hablaba bajito, pero parecía que el gil que se había tranzado era el novio de una de producción, o de dirección, eso no lo entendí. Y que ahora la mina estaba recaliente. No la quería cagar a trompadas, porque ellas no son de hacer esas cosas. Pero capaz le quería arrancar un par de mechas, no sé. La cosa es que yo la camuflé un poco a la rubia, le di mi campera, ella se hizo un rodete, y pasamos de largo sin saludar a nadie, hasta la salida del boliche.

Cuando se subió a la camioneta no dijo nada. Y después tampoco. Ni nos mirábamos. Ella sabía que se había mandado dos cagadas en una noche, o tres si contás que lo estaba gorreando al novio. Y yo… la verdad que yo tenía ganas de llorar. Pero ni en pedo delante de ella.

Puse el cd del León, y volví a poner el mismo tema una y otra vez, hasta que la dejé en la estación. El tema decía: “Tramposa, algo altanera y mentirosa. En el amor, la más tramposa. Y yo vivo loco por tus besos, en tu boca sigo preso, condenado a la locura y he de morir por tu hermosura.”

Me vino

No estoy embarazada. Al final me vino. El atraso duró poco mas de veinticuatro horas y para una ansiosa regular, veinticuatro horas de espera y dudas son de lo peorcito. Anoche, entre una resaca un poco violenta y el temita de las veinticuatro horas de atraso, terminé llorando tirada en un sillón.

A ver, quiero que quede claro. No importa si hayas cogido o no: un día de atraso en una mujer ansiosa es un embarazo asegurado. Me pasó varias veces, a quién no le pasó que se le adelantara o atrasara un par de días, y aun sabiendo y teniendo la completa seguridad de que no puede haber pasado nada (cuidados, abstinencia), se sufre como la concha de la lora.

Por un lado, por ciertas declaraciones del tipo: no sé si quiero ser madre. Declaraciones que se van encaminando mas para el lado de no quiero ser madre, no hoy, pero tampoco mañana. Por otro lado el susto y las mil preguntas: ¿y si estoy embarazada? No importa que sea imposible, yo me planteo todos los problemas juntos y trato de darles solución porque esto de traer un niño al mundo no debe ser nada fácil. Ya debería ir investigando sobre educación, colegios, lugares donde vivir. Qué cosas se necesitan. Dónde puedo conseguir todo lo que no voy a poder comprar. Y después: no quiero ser mamá, no hoy, pero tampoco mañana.

Cuando tenía dieciocho tuve mi primera vez con mi primer novio a quien amaba y quien me amaba como un hijo a su madre. No, de verdad, podría haber sido un comentario adrede por la temática del post pero la verdad es que mi primer novio me quería como si yo fuera su madre y pretendía que le hiciera la cama y le guardara los calzones. Fuerte. Dieciocho años y un novio que me amaba y pensé que era el momento, que era la persona especial que podía inaugurar mi ... (pensé palabras elegantes pero en mi cabeza solo retumba un dolor de ovarios que proyecta gritos cerebrales que dicen cajeta, argolla, concha, todas con un tinte un poco, digamos, violento).

La primera vez, como todas las primeras veces, fue un poco incómoda y, la verdad, muy poco placentera. Nos cuidamos, porque lo único que me faltaba para cagarle la vida a mi madre era caerle con un embarazo a los dieciocho. Después de la primera vez tenía que venirme y no me vino. Y el día que no me vino yo sentí pataditas en el estómago y tuve antojo de hamburguesas. Me puse tan nerviosa, que al segundo día de atraso me agarraron vómitos. El día que tuve vómitos mamá me preguntó directamente si no estaría embarazada. Y yo, que nerviosa soy mas bruta que un arado, le dije "no sé". NO-SÉ, le dije a mi madre ultracatólica y empalagosamente conservadora. Y después agregué "no creo". NO-CRE-O, como si eso fuera a salvarme de la cachetada que vino después.