sábado, 19 de marzo de 2011

Ansiedad

Quizás algunos no entiendan lo que siente una persona ansiosa. Quizás les resulte incomprensible cómo los ansiosos nos desesperamos por terminar todo ya. Ahora. Ahora o nunca. Yo soy muy ansiosa, demasiado. Y sé que no está bueno. No está bueno a varios niveles: me pongo nerviosa cuando las cosas no pasan, cuando no llegan, cuando no terminan, cuando no empiezan. Me pongo nerviosa de verdad, me molesto, a veces me agarra mal humor. Y no está bueno, no la paso bien.

Por momentos la ansiedad es inofensiva. Ya conté que cuando me corto el pelo quiero que crezca prontísimo para volver a cortarlo. Soy ansiosa con las series de televisión, veo un capítulo y enseguida quiero ver otro, y otro, y otro. Algunas noches, con Six Feet Under, me quedé hasta las cuatro o cinco de la mañana despierta porque no podía dormir sabiendo que tenía mas capítulos para ver. Como si los capítulos fueran a esfumarse. Yo soy ansiosa en las relaciones, quiero respuestas rápidas y concisas (porque además soy virginiana, práctica y metódica, nada de vueltitas baratas, no conmigo) y aunque el otro tal vez no lo note, por dentro hay un globo gigante de ansiedad que va aumentando y, en cualquier momento, explota. Soy ansiosa cuando voy al baño porque pienso que estoy perdiendo el tiempo, soy ansiosa y detesto las colas, esperar el colectivo, la burocracia. Soy ansiosa, pesadamente ansiosa, tanto que muchas veces no disfruto el camino, ni el recorrido, ni la espera, ni extrañar a alguien: sufro de ansiedad. Media hora antes de una cita ya estoy lista y camino de un lado a otro esperando que llegue el momento del timbre o el teléfono. Pero cinco minutos antes de la cita se despierta otro tipo de ansiedad en mi, ese que me hace sufrir en diferido: cinco minutos antes de encontrarme con alguien ya estoy sufriendo porque la cita va a terminar y voy a extrañar a ese alguien.

No está bueno ser ansioso, y yo siempre ando buscando remedios para la ansiedad. Un libro, alguna música, algo que me baje el nivel nervioso, el no poder dejar de moverme. Uno de los remedios que me funciona bastante bien es el origami, porque hacer origami necesita de paciencia, perseverancia y constancia, tres cualidades que los ansiosos podemos poseer pero pocas veces utilizar. La ansiedad atenta contra la constancia, por ejemplo, cuando los ansiosos no entendemos que para llegar a hacer una estrella modular de treinta piezas primero tenemos que haber pasado por una estrella de quince piezas, o saber hacer la clásica grulla de memoria. Doblar treinta papelitos, uno por uno, puede ser una de las tareas mas arduas para un ansioso. Yo doblo cinco y ya quiero empezar a ensamblar, y me cebo tanto que después me queda una estrella de cinco papeles del mismo color, completamente trunca, y veinticinco papelitos a medio doblar dando vueltas por mi casa. El origami es paciencia y es dedicación. Es sentarse horas a doblar un papelito, otro papelito, otro papelito, otro papelito, hasta llegar a treinta papelitos (por poner un ejemplo).

Hoy estaba cansada de ver una serie, hace muchos días que miro series o películas y nada mas, asi que agarré mi bolsa de papelitos de origami y con los diagramas de la estrella, empecé. Son las seis de la tarde, ya armé seis de los treinta modulitos que tengo que armar. Y el globo de la ansiedad está empezando a inflarse y no voy a dejarlo. Porque hasta que no tenga los treinta papelitos listos no puedo ensamblar nada. Porque tengo que aprender a manejar estos niveles de ansiedad que me hacen morderme los labios y lastimármelos. Porque tengo que aprender que un mensaje de texto puede ser contestado un par de horas después de haberlo enviado y un mail algunos días después. Porque para la mayor parte de las cosas de la vida hay que tener paciencia, hay que esperar. Y porque desesperar esperando no está bueno.

Desayuno en la cama

Vivir solo y querer desayunar en la cama es una combinación que no funciona. Para desayunar en la cama tenés que levantarte sí o sí, prepararte todo y volver a acostarte con la bandeja lista. Es un quilombo.

Y ni te cuento si se te ocurre querer una facturita o un bizcochito de tu panadería amiga: una vez que te calzaste unos pantalones y saliste a la calle, volver a meterte en la cama va a parecerte un desperdicio.

Ayer vi una señora con una remera negra que decía "Esto no es gordura, es exceso de dulzura". Me pareció como la versión femenina de la de hombres que dice "Esto no es panza, es el tanque de combustible de una máquina sexual".

Ojo con las diferencias. A ella le conviene que sea dulzura, a él virilidad.