miércoles, 23 de febrero de 2011

Para ellos no es un viaje en colectivo

Me encanta esa sub-especie humana que, simbólicamente, practica algo en el colectivo. Se da muchísimo entre músicos y bailarines, que practican instrumentos o coreografías respectivamente. Los primeros practican preferentemente teclado, piano o percusión. Sus piernas se convierten en el instrumento, a veces llevan los palitos y se golpean de manera animal, como si realmente el muslo fuera un platillo. Los pianistas y tecladistas, en cambio, establecen un teclado imaginario que no sólo está en las piernas sino también en el espacio que queda entre ellas: ahí también hay teclas, ellos las tocan. Después están los que leen partituras, que en la escala del practicante simbólico son los que menos me divierten porque no hacen demasiado con el cuerpo. Y mis preferidos, los bailarines y bailarinas. Sus auriculares escupen la música de la coreografía, a los demás nos llegan algunos sonidos sueltos, si tenemos suerte podemos adivinar el tema que están bailando. Cuentan compases, mueven las manos exageradamente pero casi sin moverlas del lugar. Los hombros, la cabeza, para un lado, para el otro. Movimientos exagerados pero casi imperceptibles. Expresiones sensuales pero no tanto. Golpes en los muslos. Yo los veo ahí, moviéndose un poco, tocando un piano invisible, contando compases y equivocándose y volviendo a empezar. Ese piano que no veo es, para ellos, un Steinway hermoso y lustrado, o es un escenario, lleno de luces y aplausos. Para ellos no es un viaje en colectivo, es cualquier otra cosa: una sala de ensayo, una zapada con amigos, una coreo de fin de año, la felicidad. Por eso me encantan.

Buscalos, encontralos,
te van a hacer feliz a vos también