viernes, 11 de febrero de 2011

Y un día, me cansé

No quiero trabajar mas en una oficina con una dictadura horaria que me convierte en esa personita gris de la que hablaba algunos días atrás, de ese oficinista promedio que se pasa haciendo la cuenta regresiva para el fin de semana de lunes a viernes. Ese oficinista promedio que buscar excusas para faltar, que se toma quince minutos mas a la hora del almuerzo porque no quiero volver a trabajar. No puedo estar mas, en esta oficina cerrada, con esta luz artificial: cada vez que salgo al patio la luz solar me hace mal, a eso he llegado. No quiero mas tener que escuchar el despertador y sentirme desdichada y que lo único disfrutable sea la ida y vuelta en bicicleta. No quiero mas esta rutina, estos olores, este siempre hacer lo mismo. Pedir el almuerzo en el mismo delivery todos los días, saber a qué hora de la mañana tomo mate y a qué hora de la tarde repito el ritual. No quiero mas tener que disimular ante alguien cuando no tengo nada que hacer y no puede notarse que no tengo nada que hacer. No quiero mas atender el teléfono y volverme loca porque no sé cómo transferir las llamadas. Y no quiero no por caprichosa, sino porque todo esto me está secando por dentro, me está sacando las energías, las ganas, la voluntad, porque todos los proyectos que venía almacenando en la cabeza de repente fueron desapareciendo y los espacios libres se fueron ocupando por una agenda de feriados y nada mas. Porque mi trabajo es técnico y es aburrido y cada día que pasa se vuelve más técnico y mas aburrido, y yo tengo inquietudes, muchas, y esas inquietudes ahora están demasiado quietas porque, de verdad, estoy seca.

Y porque cuando estoy seca lo que necesito es algo que me haga revivir, es que no puedo estar mas acá. Porque necesito agua, sol, y aire. Necesito mis inquietudes revoloteando y saltando por toda mi cabeza, molestas. Inquietudes: quiero que no me dejen dormir a la noche y que me llenen de ansiedad.

No soy lo que pensé que iba a ser a los veintisiete. Esta persona horrible en la que me estoy convirtiendo no me gusta ni un poco. Y por eso necesito irme.

Y porque necesito irme, no me queda otra que renunciar.