jueves, 3 de febrero de 2011

Ibamos pedaleando por la playa, ya nos habíamos alejado del centro de La Paloma y entrábamos a La Serena, la última playa, desolada y un poco salvaje, llena de moscas pero con un puesto que vendía los mejores choclos de todo el pueblo (arriesgaría de todo Uruguay, pero no sé). Había un sol que no dejaba ver bien, pero el bulto era demasiado grande como para no notar su presencia.

Una persona, imposible. Es demasiado grande para persona.

Debe ser un barco.

Nos acercamos. Había una cinta de plástico, de esas amarillas, y una señorita corpulenta que no dejaba asomar mucho la cabeza. Gente alrededor.

Es un ballena, dije en chiste, porque había visto en el mapa de la ciudad que había varios lugares donde se avistaban ballenas.

Es una ballena, repetí, ahora un poco mas convencida, después de ver una aleta gigante que sobresalía por debajo de una media sombra triste y ajada.

Es una ballena. Y está muerta, pensé. Y es la primera vez que veo una ballena. Y está muerta.

Y me entristecí. Y después le saqué fotos. Creo que le dicen morbo.