lunes, 27 de diciembre de 2010

A las tres de la mañana la Navidad ya fue

Hasta las tres de la mañana soy la enamorada de la Navidad. Después dejame de joder. Ya se comió el asado, se bebió lo suficiente. A las tres de la mañana ya empiezan a quedar los turrones mas feos, o los que se pusieron demasiado blandos de tanto estar al calor. Ya casi no hay garrapiñada y el pan dulce que está sobre la mesa tiene frutas abrillantadas. ¡Frutas abrillantadas! ¡Pero por favor! El día que comés una fruta abrillantada envejecés de golpe quince años. Te lo juro. A las tres de la mañana el champagne está medio tibiazón, lo único frío es una sidra (y todo muy lindo, pero vamos, no nos engañemos: la sidra tiene sabor a jugo de manzanas podridas). A las tres de la mañana los potes con hielo sobre la mesa transpiran y adentro hay un agua helada que es, por supuesto, intomable. Los regalitos ya se repartieron, los niños ya rompieron los juguetes mas sensibles, los bebés ya están por dormirse. Los perros siguen con miedo, apichonados sobre las piernas de alguien que tiene que acariciarlo sin parar. Pobrecitos. El que estaba alegremente borracho ya es un borracho desagradable y las cañitas voladoras empiezan a bajar en intensidad, color y alegría para convertirse en tristes silbidos y una explosiones finales que ni asustan ni divierten. En realidad: a las tres de la mañana ya no hay fuegos artificiales de los buenos: quedan esas tristes cañitas, y las bombas de estruendo de los adultos que se creen criaturas, y algunos globos de esos que se iluminan, aunque la mayoría vaya volando por los aires prendido fuego porque esos globos nunca funcionan bien. A las tres de la mañana cada uno debería agarrar el regalito que le ha tocado en suerte, debería saludar con un beso y un "felicidades" o un "todo muy rico" y tomarse el buque. A las tres de la mañana la Navidad ya fue.

Lo vamos viendo, pero por ahora, lunes, diez cuarenta y cinco de la mañana, las cosas están así: trabajar APESTA.