viernes, 3 de diciembre de 2010

Ojo la gente sensible

Siempre me pregunté,
¿por qué los baños públicos de mujeres están sucios?

¿Cuesta mucho no dejar todo ahí expuesto en el tacho de basura?

Las toallitas usadas, los tampones, los protectores, *lo que sea*: se doblan, se envuelven, se enrollan, se guardan en una bolsa. Algo. No se dejan patas para arriba porque es un asco. Porque es de sucia, de chancha, cochina y mugrienta. Y porque estoy segura que en sus casas jamás harían algo similar.

Negación

Me despertó el zumbido de un mosquito en la oreja. Tenía el pelo pegoteado en la cara, la espalda transpirada. Las sábanas estaban calientes, la almohada también. Estiré el brazo hasta el otro lado de la cama: no había nadie. Me senté en la cama y agarré la botella de agua que estaba en el piso. Mientras tomaba algunos tragos caminé a la puerta ventana de la habitación, y salí.
Desde el piso catorce las cosas se ven lindas. De día hay hormiguitas que caminan y autitos de juguete que van de un lado para el otro. De noche todo son lucecitas. Como las de navidad. A mi me gusta la navidad.
Me senté en el piso del balcón. No corría una gota de aire, y supuse que el piso frío me refrescaría un poco, aunque sea las piernas. Algo. Respiré profundo varias veces pero no hubo caso: el oxígeno estaba viciado, el olor a humedad era insoportable, tenía las manos húmedas, la nuca pegoteada. Me fumé un cigarrillo. Estaba desvelada.
No sé cuánto tiempo habrá pasado desde el zumbido del mosquito hasta que me levanté. Lo que sí sé es que fue demasiado. Esperé demasiado tiempo, y sin embargo el no apareció. Cuando volví a entrar a la habitación, a lo lejos se empezaba a ver la claridad del día. Al lo lejos, en el río, los primeros reflejos del amanecer. No había nubes, y la humedad seguía siendo insoportable. Hoy iba a estar igual que ayer: pesado y asqueroso. O asquerosamente pesado.
Caminé por el pasillo hasta la puerta del estudio: estaba entreabierta. Me asomé y lo vi, de espaldas, sentado en la computadora. Otra vez. Entré, despacio, sin que me escuchara, y me apoyé contra la pared. Desde ahí podía verlo a él, y podía ver el enjambre de pijas y conchas y tetas operadas que se movían en la pantalla. Sentí envidia al ver su mano metida en el pantalón. Su respiración agitada me calentó. Traté de recordar cómo era sentirla cerca mio. Cómo transpiraba cuando estaba arriba mio. Sus ojos, por momentos cerrados, hicieron que me preguntara si yo también estaba siendo parte de su fantasía. Si entre todas esas tetas, estaban las mias. Si yo todavía estaba en algún lugar. Si, todavía, en algún lugar, en algún momento, lo calentaba.
Me respondí que sí. Que estaba entre esas tetas, que era parte de esa fantasía, que todavía lo calentaba. Antes de cerrar los ojos, encontré un mosquito y lo maté. Sonreí, triunfal, y me dormí.